Algo relevante ha cambiado con la llegada de Quique Setién a la Unión Deportiva Las Palmas. El aplauso inmediato a Javi Varas lo confirma. El técnico cántabro no sólo ha convencido a un grupo de futbolistas que con la posesión del balón las opciones de triunfo siempre serán mayores. También, en sus múltiples apariciones públicas, ha influenciado —de manera didáctica— en una parroquia desconfiada por los continuos vaivenes de las dos últimas dos décadas, insegura por los cambios de estilo, nerviosa por la presión inmediata de los resultados. Tantos años lejos de Primera División son duros de llevar. Y nadie quiere regresar al pozo.
Como Setién con Cruyff, el aficionado amarillo necesitaba a un líder que le mostrase que un fútbol mejor era posible. De que el talento de esta tierra se entiende más con el balón que sin él. La transformación que ha demostrado la Unión Deportiva con Setién no es un cambio pasajero, quiero creer. Ha recuperado un estilo arraigado y enraizado en nuestras playas y barrios. Aquí los pibes se dedican a ser descarados y asociarse, no a destruir y no proponer. A veces lo más sencillo de entender son las costumbres que tenemos delante de nuestras propias narices en el día a día.
Ha tenido que venir un entrenador ‘idealista’ para confirmar lo que Paco Jémez trató de conseguir en la 2010-2011. Para mostrar empíricamente, con resultados, que no hay nada de malo en ser más valientes que el contrario. Aquella temporada de Jémez el equipo se desarmó, pero las diez primeras jornadas fueron de auténtico lujo. Sergio Lobera, por su parte, no tuvo continuidad con sus ideales —a los que se refería repetidamente como la idea—, similares a los de Jémez y Setién. En la UD estudió un máster de gestión de vestuario necesario para cualquier entrenador en su carrera. Han sido intentos destacados en la última década, sin duda. Setién además de inculcar el estilo ha sido un perfecto extractor de rendimiento, un gran gestor de grupo, y sobre todo, un entendedor de las peculiaridades de los jugadores de esta tierra. El futbolista canario no es ni mejor ni peor que otros, pero sí diferente. Y Setién ha sabido explotar ese valor diferencial.
Hay que tener perspectiva más allá de este curso, que el cambio no sólo sea pasajero, sea estructural
Este estilo de juego es el mismo que llevó a la Unión Deportiva a grandes gestas en los sesenta y setenta. Siempre ha estado ahí. Pausado, técnico, elegante, asegurando el pase, con detalles vistosos. Setién también ha desterrado varias ideas, como que un equipo no puede ser equilibrado si es tan ofensivo, o que el jugador canario sube mucho pero baja poco. Que se lo pregunten a Tana, Viera o Roque y los kilómetros que se hacen. Disfrutan jugando a esto y lo agradecen dejándose los cuernos cuando es preciso, sabiendo que ese esfuerzo defensivo les ayuda a tener cuanto antes lo que más desean: la pelota.
Con la afición y jugadores convencidos —o en un escalón bastante alto del proceso—, queda lo más importante: que los rectores del Club también tomen nota. En ellos recae el mérito de la llegada de Quique Setién y Eder Sarabia, todo un acierto. Y hay que reconocerlo. Queda también en sus manos desarrollar un futuro basado en este mismo método. Tener perspectiva más allá de este curso, y que el cambio no sólo sea pasajero, sea estructural. Setién no ha levantado a un equipo, ha resucitado una cultura futbolística. Una escuela que nunca se había ido, estaba en nuestras calles. Sólo faltaba alguien que creyese en ella. La Unión Deportiva Las Palmas ha recuperado su etiqueta en el fútbol nacional, ahora falta no abandonarla nunca más.
Twitter: @mhernandez
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Este artículo se modificó el 06/04/2016 18:01 18:01