Mi opinión es de sobra conocida, y, por más que le doy vueltas, no acierto a encontrar razones objetivas contundentes para este desprecio abominable acontecido anoche, dejando un mamotreto vacío, triste y agónico. La campaña de abonados es un claro desastre, porque hay que decirlo alto y claro de una vez. Lejos queda ya la caravana hacia la Plaza de la Victoria, la fiestitis aguda en toda la ciudad y la alegría del reencuentro.
No importa, mucha gente exclusivamente engulle partidos oficiales y es muy respetable. Las cosas se están haciendo razonablemente bien, y, cuando lleguen los resultados veremos otra vez el estadio lleno. Nada que objetar.
Es triste, pero es la realidad, es la constatación de un hecho objetivo que explica el acontecer social de la realidad que este mundo vive: vidas robotizadas, ausencia de valores y ultracompetitividad feroz que siempre tiene un precio.
Bienvenidos al mundo de la compra-venta. Ni siquiera lo veo ya como un hecho negativo: es lo que hay, lo tomas o lo dejas, porque detrás de ti hay un millón de lobos agazapados. Pero todo esto, atención, tiene una lectura terrorífica: este Consejo de Administración ha quedado hoy facultado para que, en un futuro de Liga de las estrellas, Uefa o Champions, la estallada a todos los bolsillos quede legitimada, incluyendo el mío. Porque sabemos que en ese caso, el que tenga que atracar una gasolinera para conseguir el maná, lo hará. Es un aviso a navegantes.
La misa está dicha.
Pd: Felicidades a los de siempre, esos que nunca paran de animar, chillar e iluminar la oscuridad. Gracias, chicos.
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