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Un par de chanclas clavadas en la arena
Vicente Gómez estudia Educación Física porque quiere que su vida gire en torno al fútbol
BORJA VALCARCE
El sueño comenzó a forjarse en la playa de Las Canteras, frente al hotel Reina Isabel. Allí, un grupo de niños clavaba dos pares de chanclas en la arena y se disputaba un pedazo de esférico de cuero. Las horas pasaban y ellos seguían peleándose por la pelota, como suelen hacer la mayoría de los chiquillos cuando los llevan a la playa; pero para uno de ellos aquello era más que un juego.
Para el protagonista de esta historia, Vicente Gómez (Las Palmas de Gran Canaria; 1988) esos partidillos lo eran todo en la vida. "Siempre me los tomaba muy en serio", recuerda el centrocampista de la UD Las Palmas, "porque los otros chicos eran mayores que yo, y si quería hacer un buen papel tenía que esforzarme mucho más".
Vicente Gómez tenía cinco años y una de las virtudes de su carácter ya se adivinaba bajo su niñez: la competitividad. "Cuando perdía aquellos partidos me cabreaba", asegura; y lo que podría haber hecho de él un mal perdedor se convirtió en una cualidad: espíritu por mejorar.
Por eso, cuando jugaba en el Huracán y recibía ofertas de equipos importantes como el Atlético de Madrid, el Cádiz o la propia UD Las Palmas y su equipo, el Huracán, por su estado contractual impedía que diese un paso más en su formación como futbolista, se mantenía tranquilo porque sabía que su oportunidad acabaría por llegar.
El canterano, ascendido esta temporada a la disciplina del primer equipo, comenta que no le dejaban salir cuando estaba en la categoría juvenil: "Si has firmado te pueden retener hasta los 21 años. Y eso fue lo que me pasó a mí".
En cuanto quedó libre, Las Palmas Atlético se hizo con sus servicios. Su ascenso fue fulgurante. Un año más tarde comenzaba la pretemporada en La Palma a las órdenes de Paco Jémez. Poco tiempo después debutaba en la Copa del Rey y en la Liga.
El sueño que había crecido entre las olas de la playa de Las Canteras se había cumplido. El siguiente en la lista no es fichar por el Real Madrid o el FC Barcelona. No. "Es ascender a Primera División con la UD", afirma. "Yo he visto a este equipo jugar en los grandes estadios de España, pero lo que más recuerdo es cómo se ponía la ciudad. Mira cómo están los aficionados y aún no hemos hecho nada".
Vicente fue uno de aquellos que esperaron en el aeropuerto con lágrimas en los ojos la llegada de su equipo, aquel que en la temporada 95-96 venció al Elche y subió a Segunda División.
En aquellos tiempos, él ya jugaba en el Huracán y no se perdía ningún partido de la UD, su equipo. "Iba al Estadio Insular con mi padre, mis tíos y uno de mis primos, pero realmente no veíamos el fútbol. Nos dedicábamos a jugar en la parte de atrás de la portería con las botellas", recuerda.
Cuando Vicente contaba con once años seguía atento los movimientos de un futbolista: "Me fijaba mucho en Jorge Larena. Veía cómo se movía, cómo manejaba la pelota y trataba de aprender de él". Y ése ha sido uno de los secretos del joven jugador: observar a los demás. "Se aprende mucho viendo qué es lo que hace la gente cuando juega al fútbol", explica.
Esta capacidad de observación y retención, que demostró cuando daba sus primeros pasos en el mundo del fútbol y trataba de emular a las figuras que admiraba no sólo se quedó en el plano deportivo.
Vicente, apoyado e ilustrado por sus padres, Pino y Agustín, nunca abandonó los estudios: "Ellos siempre me han insistido en el tema de formarme y como no se me ha dado mal estudiar he seguido haciéndolo", aunque reconoce que no siempre ha hecho las cosas bien: "A veces he suspendido, por hacer el gandul, no por otra cosa".
En la actualidad, trata de compaginar la licenciatura en Educación Física con el deporte profesional. "Es difícil hacerlo, y más ahora que los entrenamientos son más largos que cuando estaba en Las Palmas Atlético, pero siempre hay tiempo para todo", asegura con seriedad.
El grado de organización que se necesita es alto y su madre cuenta que, por lo general, "termina de entrenar y se va a la universidad a estudiar".
Además, Vicente tiene las ideas claras de cara al futuro porque su vida gira en torno al deporte rey. Lo que no sea eso o esté directamente relacionado con él es prescindible: "Todo lo he hecho mirando al fútbol".
Por este motivo, cuando su vida como profesional termine, porque "nunca sabes lo que te va a pasar", quiere dedicarse al fútbol: "Me gustaría ser entrenador o preparador físico, como Billy", diminutivo del nombre del preparador físico de la UD, Guillermo Suárez. Porque esa es la vida que Vicente quiere para sí mismo. "De pequeño, rememora, "tenía entrenamiento con el Alevín B, pero como quería jugar más, llegaba antes y me metía en la sesión del Alevín A, de la que me acababa echando el entrenador", recuerda con una sonrisa.
Su padre era testigo de este comportamiento, puesto que para ayudarle en los primeros años en el Huracán, se presentó a los cursos oficiales de entrenador. "Cuando entrenaba mal me enfadaba tanto que no quería irme a casa y él tenía que obligarme". Y esto es algo que le pasa todavía: "El otro día fui el último en salir del vestuario y no pude dormir sólo de pensar que pude marcar el 1-3", explica sobre la derrota del pasado sábado contra la Ponferradina.
La decepción se pinta en su rostro al recordarlo, la misma que debían ver sus padres cuando perdía uno de los partidos en la playa y recogía las chanclas clavadas en la arena.