Un título de Liga, un descenso, Iñaki Sáez y un fichaje fantasma

OPINIÓN | Artículo de opinión del periodista Martín Alonso.

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El Athletic Club regresa a Gran Canaria y esa visita, entre ligeros ataques de nostalgia -aún bajo control, sin llegar al exceso; no se preocupe doctor-, desata recuerdos de otros tiempos. Eran días especiales, de los que se marcaban en rojo en el calendario, de otro fútbol, de cuando la Unión Deportiva Las Palmas trataba bien a la pelota y jugaba en su once titular con gente de la casa -¿les suena de algo?- y el equipo de Bilbao presumía -y ejercía- de grande entre Real Madrid y FC Barcelona. Tal era el nivel de Los Leones que aquí, en el Insular, ganaron una Liga en 1983 y, casi por accidente, mandaron esa misma tarde al equipo amarillo a Segunda División. Esa fecha siempre sale a colación antes de partidos como el de esta noche -lunes, 28 de noviembre- en el Estadio de Gran Canaria. De repente, como setas en otoño, brotan de la nada nombres como los de Javier Clemente, Mamé León, Manu Sarabia -padre de Eder Sarabia, técnico ayudante de Quique Setién-, Pepe Juan, Argote o Pepe Juan. Pero la relación entre ambos clubes deja otros capítulos con menos glamour, como el paso de Iñaki Sáez por la Isla con el equipillo en Segunda B o la historia de un protagonista que anda perdido cerca del anonimato. Ese último es el caso de un futbolista que militó en ambos conjuntos, pero que refleja una etapa clave -y reciente- de la UD al desempeñar el rol de personaje principal en la historia de un fichaje fantasma: Ricardo Mendiguren.

Por orden. El 1 de mayo de 1983, el Athletic ganó 1-5 a la Unión Deportiva y, además de celebrar un título de Liga, marcó el punto de partida de una deriva que marcó las siguientes dos décadas de la entidad grancanaria. Las Palmas retornó a Primera División en 1985. Cierto. Pero aquel paso de tres temporadas por la máxima categoría, sin embargo, fue efímero: fue el canto del cisne de un modelo de club. En 1992, el equipo amarillo dio con sus huesos, por primera vez en su historia, en Segunda B. Y, sobre la campana -la noche del 30 de junio, el día límite- se convirtió en Sociedad Anónima Deportiva (SAD) gracias a la intervención de rescate final del Cabildo de Gran Canaria. Ya nada volvió a ser igual. Desde esa fecha, poco a poco, el club empezó a perder su halo de bien colectivo -con derramas entre los socios para tapar agujeros financieros- para convertirse en una empresa de un solo propietario -así es el fútbol moderno, amigos- que este año maneja un presupuesto de unos 50 millones de euros.

La caída hasta Segunda B generó una profunda depresión alrededor del equipo que se mitigó con cierta rapidez por el fútbol. La directiva eligió a Álvaro Pérez para levantar un proyecto que debía acabar con la vuelta de Las Palmas a Segunda División por la vía rápida. Con las cuentas limitadas por el susto de la reconversión en Sociedad Anónima Deportiva, la entidad se entregó a una generación de futbolistas de la casa que había despuntado en la División de Honor sub 19. Y así, en el primer equipo amarillo, se asentaron jugadores como Toni Robaina, Juan Carlos Socorro, Víctor Afonso y otros, como Paquito, Miguel Ángel Valerón o Alexis Suárez, se asomaron en un grupo apuntalado por tipos con más de una batalla en el fútbol como José Miguel, Padrón, Pedro Luis, Rafa, Verona o Dragan Skocic.

Aquel equipo, durante el curso 92-93, jugó al fútbol de maravilla. Pasó por encima de todos sus rivales -conjuntos como Granada, Jaén, Extremadura, Recreativo o Córdoba- en el Grupo IV de Segunda -el Xerez, segundo, quedó a ocho puntos de distancia-, pero naufragó en la liguilla de ascenso frente a la UD Salamanca o el Hércules CF. Aquel fracaso multiplicó el efecto de abatimiento general provocado por el descenso a Segunda B en 1992 y generó un movimiento devastador en la historia reciente del club: se puso bajo sospecha la capacidad competitiva del futbolista canario. Álvaro Pérez, pese al buen juego del equipo, no continuó en el banquillo y desde el Cabildo -propietario de la entidad- se reclutó a Iñaki Sáez, figura de peso en la historia del Athletic Club.

El predicado de Sáez se convirtió en ley dentro de la consejería de Deportes del Cabildo -tanto que incluso dirigió la escuela insular de fútbol creada por la corporación pública-. Y así, de repente, los canteranos de la Unión Deportiva empezaron a compartir protagonismo en el primer equipo amarillo con jugadores procedentes del País Vasco como Xabier, Sarriugarte, Garmendia, Eleder o Axier.

La travesía por el desierto de la Segunda B duró, al final, cuatro tediosos años: justo hasta que en el Cabildo, tras probar en el banquillo con Iñaki Sáez -en dos etapas diferentes-, Marco Antonio Boronat -otro técnico que llegó de Euskadi- y Paco Castellano -apuestas que terminaron con mal juego y peores resultados-, alguien decidió por fin levantar el veto a Pacuco Rosales y el entrenador isletero, el 22 de junio de1996, llevó a la Unión Deportiva de nuevo a la tierra prometida: el fútbol profesional, con el ascenso en Elche a Segunda División.

Aquella fiesta, que arrancó una noche de verano en el Martínez Valero, acabó con una resaca descomunal. El Cabildo vendió la Sociedad Anónima Deportiva a Gerencia Deportiva -formada por Ángel Luis Tadeo (ya fallecido), Germán Suárez, Eustasio López y los hermanos Domínguez- y el club, sobre la ola de la euforia por el ascenso y de los primeros contratos televisivos jugosos del fútbol, empezó a actuar con el complejo de nuevo rico: gastó lo que no tenía en mil y un fichajes de dudoso rendimiento.  Durante la temporada 96-97, se incorporaron al equipo amarillo 14 jugadores. Así, uno detrás de otro, desfilaron futbolistas como Simionato, Walter Pico, Turu Flores, Grande, Samways, Sandro, Canales, Flecha Rojas, Bototo Illesca, PolloVidal, Radojicic, Raosavljevic, Randjelovic y un mediocentro con experiencia en Primera División, de calidad y cierto nombre en el fútbol patrio, procedente del Athletic Club: Ricardo Mendiguren.

Ricardo Mendiguren, en la etapa en el Athletic
Ricardo Mendiguren, en la etapa en el Athletic

Diez años antes de su incorporación a la Unión Deportiva, durante la apertura del mercado invernal, Mendiguren había debutado con el primer equipo del Athletic Club con 18 años. Palabras mayores dentro de una institución tan legendaria. Ese suceso le confirió el rol de promesa de un club que, en la era post Clemente, aspiraba a repetir alguna de sus grandes hazañas. Las lesiones, sin embargo, le cortaron el paso en San Mamés. Sin regularidad por culpa de sus problemas físicos, el mediocentro, entre 1995 y 1997 -los dos años anteriores a su fichaje a Las Palmas-, sólo disputó dos partidos oficiales. Fueron, sin que nadie lo sospechara, los dos últimos encuentros de su carrera como profesional.

Mendiguren se sumó a Las Palmas en medio del caos. Pacuco Rosales, al que no se quiso renovar pese al ascenso, continuó en el cargo marcado por la desconfianza de la cúpula de la entidad y fue destituido tras las seis primeras jornadas del curso. Para sustituir al técnico grancanario, el club amarillo eligió a Ángel Cappa. El resultado fue nefasto: el preparador argentino firmó cuatro victorias en 14 partidos de Liga. Para enderezar el rumbo, la institución tiró de un hombre de la casa: Paco Castellano. Entre tanto cambio en el banquillo, tanto fichaje y tanto macho alfa en la directiva con diferentes planes para llegar a Primera División -y otros negocios-, la Unión Deportiva se convirtió en un barco a la deriva en el que nadie fue capaz de detectar los problemas físicos con los que se presentó Mendiguren procedente del Athletic.

El futbolista superó las pruebas médicas, pero a las primeras de cambio apareció una vieja lesión de espalda: lo que, de entrada, parecía una lumbalgia se convirtió en algo crónico. Pasó exámenes en la Isla, en Bilbao y en el extranjero. Y nadie dio con la solución. El jugador de Oñati se pasó así dos temporadas en las filas de la Unión Deportiva Las Palmas, club con el que no llegó a disputar ni un solo partido oficial, antes de colgar las botas.

El paso de Mendiguren retrata a la perfección una etapa de la UD que casi se cierra con la desaparición del propio club amarillo, una era que va desde la creación de una burbuja hasta la explosión de esa mentira. Por el camino, la entidad despilfarró dinero, manchó su historia, perdió credibilidad, fichó a otros jugadores que jamás vistieron su camiseta -eso da para una novela negra- y renunció a su cantera. Esa etapa ya pasó. La herida, incluso, ha cicatrizado. El equipo vuelve a estar en Primera División, trata de nuevo bien a la pelota y lo hace, en su mayoría, con futbolistas de la tierra -¿les suena de algo?-. Cierto. Fueron otros tiempos, pero nunca está de más recordar algunos capítulos de la historia para no tropezar en la misma piedra.

por Martín Alonso