Los murmullos y pitos ya forman parte de la banda sonora de los partidos de la Unión Deportiva.
El Huesca se encontró ayer a una Unión Deportiva que nada tenía que ver con la que iluminó El Alcoraz en la segunda jornada de Liga. La UD actual no resiste ninguna comparación con aquel grupo entusiasta.

VALENTÍN FÉLIX Hubo un tiempo no muy lejano que la Unión Deportiva enamoraba, que los amantes iban cada quince días al estadio con mariposas en el estómago, que los jugadores sonreían como estrellas del pop y la grada se derretía. Que no daba vergüenza decirle a la parienta: "Voy al fútbol", porque efectivamente se iba a ver fútbol. Quién no recuerda las cabalgadas de Vitolo, la visión panorámica de David González y la magia a granel de Jonathan Viera. Cómo olvidar la verticalidad de Álvaro Cejudo, los desmarques punzantes de Guayre, los goles oportunos de Javi Guerrero. ¿Se acuerdan de los flashes deslumbrantes, los focos y el interés de voces con acento peninsular sobre un equipo reluciente?
Fue en Huesca cuando a la hinchada se le puso la sonrisa boba y se le rallaron los ojos por primera vez al ver jugar a la Unión Deportiva en esta Liga. Ocurrió hace una vuelta exacta de campeonato. Hoy, cinco meses después, aquel sueño de grandeza se ha transformado en una película de Tim Burton. Con una trama redundante, disgustos en cada esquina y una guadaña que aguarda tras un portal de madera roída. Aquella tarde en El Alcoraz, con empate a cero, que podría ser insustancial para el aficionado sin colores, supuso el efímero inicio de una forma de vivir. Las Palmas volvió a ser Las Palmas y los aficionados se fueron asomando al Gran Canaria primero con curiosidad y después con pasión. Muchos volvieron porque el vecino del quinto hablaba maravillas de once chicos exquisitos en las conversaciones de escalera, y otros porque lo descubrieron en las entrevistas del periódico, en los resúmenes de televisión y las tertulias repetitivas de la radio. Vieron que una ramillete de canteranos a quienes habían pillado de fiesta en Lanzarote semanas atrás no sólo se lo pasaban bien en las pistas de baile, también hacían claqué en un campo de fútbol de Segunda División.
Luis Helguera, que ayer parecía una mezcla de Desailly y Deschamps en su mejores tiempos, apenas podía hablar aquel día tras el pitido final en El Alcoraz. Con un hilito de voz no tenía más remedio que reconocer la superioridad de unos jugadores con tez morena y totalmente desconocidos para el gran público. Se vio obligado a piropear a sus adversarios, aunque estuviese ahogado por el sufrimiento de correr detrás del balón que se pasaban con deliciosa cadencia los mediapuntas contrarios.
Escandalizados.
Ayer, en el intermedio del partido, los periodistas que habitualmente siguen al Huesca acudían alarmados a comentar con los redactores locales el juego de la Unión Deportiva. Hablaban como si les hubieran robado el alma, como pidiendo que devolvieran el punto ganado aquella tarde de verano porque ya no eran los mismos. Muchos tenían una visión virginal del equipo de Jémez porque no habían vuelto a ver a Las Palmas desde aquella segunda jornada. En sus retinas se mantenía la pacífica posesión, el talento individual y la fortuna. Por un momento, los periodistas de aquí quisimos ser los de allí, y olvidarnos de un plumazo de cinco meses de degradación.
"¿Hasta cuando, di, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?", espetó Cicerón al senador Catilina, célebre por sus extenuantes oratorias que podían durar días enteros. ¿Hasta cuándo? Se preguntaron ayer, siglos después, los seguidores que asistieron al no-partido.
Los murmullos y pitos contra el equipo ya forman parte de la reverberante banda sonora del Gran Canaria. Esto es innegable, aunque la megafonía atruene al final del encuentro para tapar censuras. Cuatro puntos sobre 27 necesitan explicaciones amplias e ilustradas de los responsables, más allá de frases vacías de contenido y discursos para salir de la asfixia. Con estos números en la mano, con aquel equipo, con éste, se debe responder si era mejor dejar de ganar 300.000 euros, pero mantener a un futbolista determinante para el funcionamiento, para la permanencia. O si se deben encadenar a una manera de jugar que no da resultados, más allá de empates insulsos, y que encima expulsa a borbotones a los aficionados que ya miran al campo con cierto desdén.
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