Sí, yo sé lo que me cuentas y sé que ahora hay muchos que piensan que soy un hijo de puta por lo que hice. Bueno, vale. Te lo compro. Nos ha tocado vivir una época en la que, en cada esquina, te topas con alguno que se cree inspector jefe de la policía de lo correcto. Haces algo que se escape de su lógica llena de moralina urbanita, levantada a partir de mensajitos de Mr. Wonderful y libros de Paulo Coelho, y te conviertes en un proscrito. Toda esa mierda, con todo el mundo ofendido por todo, ha hecho mucho daño. Tanto que se nos olvida cómo hemos llegado hasta aquí desde que un lejano día nos bajamos del árbol: ¡siendo, precisamente, unos hijos de puta! ¡Que no te engañen con tanto cuento de Disney! Eso sí, entiendo el disgusto de mi madre y de mis hermanas. ¡Claro que comprendo que estuvieran meses sin hablarme! Pero todos esos que ahora hablan y comparan esto con lo del Viejo Casale no tienen ni idea de lo que es una pasión y, además, deberían recordar cómo estábamos todos esos días. ¡Cómo estaba la ciudad! ¡Cómo estaba la Isla! El recuerdo del año anterior, con todo lo que pasó el 22J contra el Córdoba, estaba muy presente. Y vamos a reconocerlo: estábamos un poco acojonados por volver a cagarla en el último suspiro y ser otra vez el hazmerreír de medio planeta. Aquel Zaragoza, además, no era poca cosa. Era incluso mejor que el Córdoba de 2014. Bono, Vallejo, Mario, Pedro, Willian José, Dorca, Borja Bastón… Tenían calidad, ¡eh! Así que cualquier cosa valía para protegernos, para romper el mal fario, para sumar y para apoyar al equipo. ¡Cualquier cosa valía! Y cuando digo cualquier cosa, era cualquier cosa. ¡Hasta cosas que escaparan de la razón! El fin era un imperativo: que la UD Las Palmas subiera a Primera División.

Lo del Córdoba, en mi caso, además estaba muy presente por otra historia. ¡Tío, ese maldito partido fue el último que vi con mi padre en el estadio! Él ya estaba muy jodido. El puto cáncer lo estaba devorando. Él sabía que se moría. Yo sabía que se moría. Mi madre sabía que se moría. Mis hermanas sabían que se moría. Y sus amigos y mis amigos sabían que se moría. Pero todos disimulábamos, ¿me entiendes? Todos, antes de aquel condenado 22J, hablábamos -para renegar de lo evidente- de un futuro feliz, con la Unión Deportiva Las Palmas en Primera División, de regreso a la tierra prometida tras tantos años tragando mierda. Una arcadia pura. Nos imaginábamos a Aythami, unos meses después de aquello que debía ser un simple trámite, conteniendo a Messi en el Camp Nou y a Vicente Gómez celebrando delante de Cristiano Ronaldo la primera victoria en el Bernabéu contra el Real Madrid. Soñábamos con vivir todo eso juntos, pero sabíamos que eso no ocurriría porque faltaría el protagonista principal dentro de todo ese relato: él. Pero amigo, lo que jamás se nos pasó por la cabeza fue que el último partido de mi padre en el estadio para ver al equipillo, rodeado de sus amigos y de los míos, que durante años formamos una pandilla fiel a unos principios levantados sobre una sola idea -el amor incondicional a la UD, que se hereda de padre a hijos-, acabara en forma de disgusto mayúsculo. Y que conste que la pena no fue sólo por aquel gol de Uli Dávila. ¡No! ¡Aquello fue casi lo de menos! El bochorno que pasamos allí, y que desató tanta furia y tanto desazón, fue por culpa de un numeroso grupo de orangutanes que, para colmo, gozó de ayuda para disfrutar de una autopista totalmente despejada con un solo objetivo: reventar el partido y acelerar el pitido final. 

Los primates arrasaron con todo. Hasta con Valerón. ¡No respetaron ni a una leyenda, los muy cabrones! Y con aquel pandemónium que armaron sólo lograron encabronar a un árbitro legal. Algunos pensaron que valdría eso para liquidar el duelo, como la noche de la promoción contra el Linares. ¡Te juro que recordé eso nada más verlos bajar, en manada, por las escaleras de la Curva! Pero no. Aquella invasión de campo alargó más de la cuenta un partido que la Unión Deportiva tenía encarrilado y, por una cuestión de justicia poética -que también la disfrutan los que están enfrente, ojo-, el Córdoba nos vacunó en el último segundo de aquel maldito partido. Mi padre murió apenas mes y medio después. El dolor final provocado por el cangrejo se disipó por los fármacos, pero no hubo cuidados paliativos que limpiaran el desconsuelo que cargaba desde aquel puñetero 22 de junio de 2014. Ni siquiera el fichaje de Paco Herrera como entrenador, un tipo que le gustaba porque decía que “sonaba a fútbol de verdad”, le dio alivio. ¡El viejo se fue al otro barrio con esa tristeza!

A mí esa pena me carcomía. ¡Chacho, ese hombre se merecía una alegría antes de morir! Y esa última dosis de felicidad se la tenía que dar la Unión Deportiva. Era su gran amor. Yo sé que quería a mi madre, que quería a mis hermanas -sobre todo a Jimena, que era su ojito derecho- y que me quería a mí. Pero lo de él con Las Palmas era esa adoración que escapa de toda razón. ¡Era platónico, amigo! Siempre nos repetía lo mismo, exagerando cada vez más con la batallita: entendió qué era la belleza la noche que la UD goleó al Torino. El tío, aunque se retorciera de dolor al final, recitaba de memoria el once titular de aquel partido: Betancort; Estévez, Tonono, Castellano, Hernández; Justo Gilberto, Trona, Germán; León, Soto y Miguel Ángel. Y, de inmediato, con un tono cantarín, te soltaba los goleadores de aquel partido por orden cronológico: Soto, Germán, Soto y Germán. Sabes lo que te digo, ¿no? Esto que te cuento ya lo escribió Eduardo Sacheri y lo puso en boca de Pablo Sandoval: “El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión”.

Te reconozco que lo de mi padre con la Unión Deportiva me generaba envidia. Es así, te lo digo con sinceridad. Pero no te lo cuento porque mi relación con el equipo esté cargada de menos efusión erótico-festiva. ¡Qué va! Fue él quien me inoculó ese veneno el día que me llevó al Insular a ver un partido contra el Barcelona Atlético. Desde ese día ya no hubo más: soy de Las Palmas porque seguramente lo debía llevar incrustado en el ADN. Tengo un punto de resquemor porque él disfrutó de los mejores años del equipo. Ya sabes lo que te digo, ¿no? Vio jugar a Tonono y a Guedes. Siguió al detalle cada partido de la temporada en la que casi ganamos la Liga -“pero en la que fuimos terceros, aunque todo el mundo se se crea que fue el año que quedamos subcampeones”, recordaba como el empollón de clase-. Lo hizo leyendo las crónicas de Antonio Lemus o escuchando las primeras narraciones de Segundo Almeida. Gozó con Wolff, Brindisi, Morete y Carnevali -al que según él despachaba carne cuando trabajó de aprendiz en la carnicería del Simago-. Y el muy cabrón se fue de parranda a Madrid para ver la final de Copa en el 78 contra el Barça de Cruyff. Lo suyo con el equipo fue un sueño, una relación perfecta.

A mí y a los de mi generación nos ha tocado comernos mucha basura con Las Palmas. Descensos a Segunda, caídas al pozo de la Segunda B, varios amagos de desaparición -en el 92 con la transformación en Sociedad Anónima y en 2004 con la deuda acumulada-, muchos escándalos que poco tienen que ver con el fútbol -llevaré siempre a Fedatto, un tipo que no era ni futbolista, en mi corazón- y asumir con resignación que el club, después de todo, tras tanto sacrificio de tanta gente, es una empresa más de su dueño. A veces siento que somos como un grupo de desheredados, que pertenecemos a una familia que gozó de una inmensa fortuna que se esfumó y que a nosotros solo nos queda cargar con el recuerdo de tiempos mejores como una especie de maldición. Tío, por eso, desde el momento en el que los de la funeraria nos dieron las cenizas de mi padre, tuve claro lo que quería hacer: llevarlo de nuevo al estadio y que gozara de una despedida a la altura de su amor por la Unión Deportiva.

Pero ya ves lo que es la vida, hermano. El destino quiso que el 21 de junio de 2015, casi un año después que mi padre pusiera por última vez un pie dentro del Estadio de Gran Canaria, la Unión Deportiva estuviera en la misma tesitura que le tocó encarar el 22 de junio de 2014: con el ascenso a Primera División en juego -y sin margen de error- ante el Zaragoza y bajo la condición de equipo local. ¿Te acuerdas? El asunto estaba jodido, ¿eh? Sobre todo después de palmar 3-1 en La Romareda. El equipo no nos daba buena espina desde meses antes, sobre todo tras perder en Madrid contra el Leganés. Aquel día se dejó toda posibilidad de subir directo a Primera División y casi liquidan a Paco Herrera. O eso me contó uno que es amigo de otro que le vendía el pan a Toni Cruz por Rafael Cabrera y lo sabía de primera mano. Tú me entiendes, ¿no? Aún recuerdo el cabreo que se pilló el ‘Cabeza’ en Butarque. Por la derrota, por la tarde que le dio una niña con un tambor enorme, por la música de AC/DC a toda hostia antes del partido, por la resaca que llevaba encima el muy cabrón y por el recuerdo aún caliente de cómo Carlitos -que sigue siendo Carlitos, pese a medir dos metros y tener 31 años, para diferenciarlo de Carlos padre- le había levantado una italiana la noche anterior en el Morocco, a donde nos llevó Basadre, y con la que él llevaba tonteando desde la cena en el Hattori Hanzo.

Si te soy sincero, los viajes para acompañar a Las Palmas aquella temporada no habían sido muy productivos -en el ámbito futbolero, aclaro-. A Albacete, con la excusa de la Semana Santa, fuimos todos los jóvenes del grupo: Carlitos, que también triunfó allí, Dani el ‘Guapo’, Gustavo el ‘Yamiro’ -bautizado así porque tiene una leve cojera y al caminar parece Jamiroquai bailando-, el ‘Cabeza’, Marcos y los ‘Suzuki’ -tres hermanos calcados que tienen un taller mecánico a los que diferenciamos por la edad como si fuesen cilindradas distintas: el 125, el ‘dosymedio’ y el 500-. Aquel día la UD hizo internacionales a Portu, Mario Ortiz y Keko y perdimos 1-0. Dos meses después nos volvimos a reunir en Zaragoza para el duelo de ida de la final de la promoción a Primera. A aquel encuentro también se unió Pablo. ¿Te acuerdas de él, no? Sí, hombre, que su hermana estaba tremenda. Pues él fue desde Valencia -donde trabajaba por entonces- después de que un amigo suyo que trabajaba en La Provincia le consiguiera una acreditación. Fue allí, en Zaragoza de copas la noche anterior, donde le confesé a Carlitos, al ‘Cabeza’ y al ‘Yamiro’ mi idea para colar a mi padre al estadio para el último partido de la temporada. Al ‘Cabeza’ le dio un ataque de risa, se fue a la barra y se pidió otro copazo, Carlitos me insultó y arrancó, y solo el ‘Yamiro’ se ofreció para ayudarme después de darme un abrazo armado por el exceso de alcohol en sangre y que multiplicaba la efervescencia de la amistad. ¡Ese cabrón me conquistó ese día! Le estaré eternamente agradecido.

Pero chacho, pocas horas después de confesar mi plan, si recuerdas bien, el Zaragoza le dio un meneo tan grande a Las Palmas que, por primera vez, vi a Marcos perder los papeles. ¡Tremendo, tío! Al terminar el partido se empeñó en acercarse a la guagua en la que el equipo se desplazaba hasta el aeropuerto para putear a Paco Herrera y los futbolistas. ¡Les dijo de todo! Luego, ya calmados todos, nos repartimos en varios BlaBlaCar para ir hasta Madrid y coger allí un avión de vuelta para Gran Canaria. Yo me empeñé en coincidir todo el viaje con el ‘Yamiro’ para hablar del asunto de las cenizas de mi viejo en el partido de vuelta y preparar la ‘operación Bernie Lomax’ -la bauticé así por la película ‘Este muerto está muy vivo’-. Y aunque nuestros compañeros de viaje -dos tipos que no dijeron ni mu durante todo el trayecto y tenían pinta de haber estado en la Guerra de los Balcanes- daban un poco de miedo, tuvimos la lucidez suficiente para cerrar un trato: fuese como fuese, mi padre iba a estar el 21 de junio de 2015 en el Estadio de Gran Canaria junto a su gran amor.

Los días previos al partido todo el mundo andaba disparatado. ¿Lo recuerdas, no? El debate futbolero giraba alrededor de la portería. El asunto planteaba una disyuntiva clara: Raúl Lizoain sí, Raúl Lizoain no. Casto se había borrado después de la derrota contra el Leganés y con Raúl en el arco el equipo había encadenado cinco victorias consecutivas y dos empates -en la primera fase del playoff de ascenso- contra el Valladolid. Pero todo eso se esfumó con la derrota en La Romareda. Surgieron dudas, todos estábamos acojonados y pasó lo de siempre: es fácil putear a un canterano. Con una final por delante y con el recuerdo del ‘Cordobazo’ por detrás, para el último partido nadie quería dejar cabos sueltos. Así que con ese panorama, había canguelo: ninguno de nosotros se fiaba de nuestros porteros. Incapaces de hacer nada al respecto, porque ese marrón se lo debía comer Paco Herrera, todos recurrimos a la superstición para sumar a la causa.

Julio, el mejor amigo de mi padre, me mandó por guasap una foto de una vieja bufanda deshilachada y una pregunta: -“¿la reconoces?”-. -“Por supuesto”, le contesté-. Era un amuleto que tenían los dos bajo custodia compartida desde el día de la remontada contra el Real Madrid en 1986. Se la compraron antes de aquel partido a Fernando el ‘Bandera’ y desde entonces la habían utilizado para citas especiales. Recuerdo a mi viejo con ese fetiche al viento, celebrando un gol del ‘Pollo’ Vidal contra el Betis que significaba la quinta victoria consecutiva del equipo tras la vuelta de Roque Olsen al banquillo -aquello fue en la 91/92 y esa temporada, sin embargo, acabó en tragedia: primer descenso a Segunda B-. En enero de 1995, mi primo Álvaro se la llevó al Heliodoro para la vuelta de una eliminatoria de Copa del Rey, en la que eliminamos al Tenerife en la tanda de penaltis. Ya sabes, la de “Manolo el de Arucas las para con la cuca”. Año y medio después me fui con ella a Las Canteras para celebrar el ascenso a Segunda con Pacuco Rosales al mando del equipo. Ese viejo trozo de lana amarilla y azul coronó, durante 90 minutos, una vieja televisión que teníamos en casa cuando en 1997 volvimos a dejar en la cuneta al Tenerife en la Copa -¡cómo grité el 0-2 del Turu Flores!-. La dimos por perdida tras la mudanza de mis padres en 1999 y en 2004 apareció en una caja entre números antiguos de ‘Don Balón’ y ‘As Color’. Julio la portó en 2006, la noche del gol de Marcos Marquez contra el Linares. Y mi padre la agarró fuerte durante los últimos minutos del ‘Cordobazo’ en busca de una fuerza procedente más allá de lo terrenal que nos empujara a Primera División. Ahora le tocaba de nuevo el turno a Julio y, pese al disgusto del año anterior, quería lucirla como talismán y, sospecho, también como una manera de estar cerca de su mejor amigo.

¡Pero mira! Lo que no se imaginaba Julio es que iba a estar, de verdad, pegado a mi padre durante el partido entre Las Palmas y el Zaragoza. A esas alturas, sin embargo, yo aún no sabía cómo colar las cenizas en el estadio, aunque sí conocía los planes del resto del grupo para llamar a la buena fortuna o espantar al mal fario. Ambas opciones, con lo que estaba en juego, eran igual de válidas. Al ‘Cabeza’, que no se acordaba de mi plan -la juerga en Zaragoza acabó con un buen puñado de las pocas neuronas que le quedaban-, le dio por recuperar una camiseta Puma del año 96 -la de las pintaderas en los hombros y la publicidad de Arehucas- que le quedaba tan apretada después de tantas horas de gimnasio y tantos batidos de proteínas que un estornudo podía reventar las costuras; los Suzuki optaron por la brujería, como cuando el Madrid perdió las dos ligas en el Heliodoro: consiguieron una foto oficial de la plantilla del Zaragoza, la quemaron, metieron los restos en una bolsa negra y la enterraron en una loma que daba al Oeste; Pablo anunció que seguiría el partido en Valencia en el mismo bar en el que vio a la selección española ganar la Eurocopa de 2012; el ‘Cabeza’ y el ‘Guapo’ fueron a lo clásico: tirar ajos desde la grada a la portería y la promesa de subir caminando a Teror para hacerle una visita a la Virgen del Pino; Marcos se conjuró para calcar todos los movimientos que trazó nueve años antes, el día del último ascenso a Segunda -desayuno en el Arucas, almuerzo en casa de sus abuelos maternos, aparcar el coche por la zona del Juan Pablo II y vestir una camiseta Pi 3 14 firmada por Curro-; Carlitos fue fiel a sus principios racionalistas: no hizo nada especial y ni siquiera me preguntó si seguía en pie mi idea de llevar a mi padre. Yo creo que el muy cabrón prefería no ser cómplice de todo aquello.

 Todo el mundo tenía un plan claro menos yo. Yo sólo tenía una pretensión y la generosidad del ‘Yamiro’, que se empeñó en que todo fuera posible. El jueves, poco después de aterrizar en Gran Canaria tras el choque en La Romareda, apareció por mi casa para calibrar las opciones que teníamos. Mi novia, la de aquellos días, aún no había llegado y aproveché la ocasión para contarle una idea que se me había ocurrido: ir al Hiperdino, comprar la bolsa más grande de papas fritas, vaciarla, lavarla, meter las cenizas de mi padre dentro y sellar la bolsa con cola extra fuerte. Su cara, al escucharme, me advirtió del calibre del disparate que había soltado. Mira. De entrada me afeó la posibilidad de que los restos de mi viejo acabaran en una bolsa de Munchitos; luego me enumeró todos los peligros que habría que sortear: que el recipiente se quebrara en el viaje al campo de fútbol, que un segurata minucioso me cacheara a fondo en la puerta de entrada al estadio y descubriera el pastel o que alguno de los nuestros -en un descuido mío- abriera la bolsa pensando en darse un atracón de papas fritas y esparciera lo que quedaba de mi padre por la grada Naciente sin querer -opción con altas probabilidades de hacerse realidad al estar entre nosotros el Suzuki 500, siempre con ganas de comer como un salvaje después de fumarse un par de canelos de rojo libanés-. 

Las razones del ‘Yamiro’ me llevaron a la desilusión. Sin embargo, él mismo me ofreció de inmediato una alternativa. Un primo suyo, Javi, era uno de los históricos de Ultra Naciente y por lo que siempre le contaba tenían una especie de venia de la propia Unión Deportiva para introducir objetos -banderas, megáfonos, tifos, etc- en el estadio horas antes de los partidos importantes. Si su primo le confirmaba esa opción, el plan estaba claro, tío: bajar al Rocasa, comprar una de esas cajas metálicas para galletas, meter ahí las cenizas de mi padre, pedirle el favor y colarlo entre los enseres de Ultra Naciente. Esa posibilidad me pareció fantástica. Duró, sin embargo, tres minutos. Justo el tiempo que el ‘Yamiro’ tardó en contactar con su primo y que este le contara que la gente del club, después de lo ocurrido frente al Córdoba, iba a ser muy restrictiva a la hora de permitir acceder a la grada con ciertos elementos. En esa tesitura, los de UN no se iban a arriesgar a colar más que sus propias piezas de animación. ¡Su puta madre!

El ‘Yamiro’, pese al contratiempo, no me dio tiempo para venirme abajo. -“¡Suave, hermano! ¡Te juro que tu padre entra en el estadio aunque sea lo último que haga por la Unión Deportiva! ¡Tu viejo tiene que estar!”, me soltó-. Cansados ambos por el viaje de vuelta desde Zaragoza, convenimos en retomar el tema al día siguiente y mantener, a la desesperada, y como última opción, la idea de la bolsa de papas fritas. La mañana del viernes, nada más despertarme, vi que ya tenía un guasap del ‘Yamiro’. -“Tengo el plan. Te lo cuento en persona. Desayunamos en el Nuevo Murias a las ocho y media”, apuntaba el mensaje-. Puntuales ambos, los dos nos encontramos delante de dos zumos de naranja, dos pulguitas de pata con queso tierno y un cortado como testigos antes de ir a trabajar. Yo esperaba escuchar una alternativa sólida, pero lo que me ofreció fue un plan que rozaba los hechos consumados. En el vuelo a Madrid para ir luego hasta Zaragoza, el ‘Yamiro’ vio en su tablet ‘El Santo’. El tío aún no sabe explicar por qué, pero es una de sus películas favoritas. La ve varias veces al año, se sabe los diálogos y se pelea con quien haga falta para defender que Elizabeth Shue es una de las mujeres más atractivas que dio el cine de los años 80 y 90. La noche anterior, después de dejarme y volver a su casa, recordó una escena de ‘El Santo’: después de robar un microchip en Moscú a unos mafiosos, Val Kilmer -el protagonista- esconde ese objeto en un crucifijo que regala a Emily Mortimer, a la que se liga en el avión rumbo a Londres, para que ella cruce con el botín sin levantar sospechas en la aduana británica.

Tras contarme esa escena, al ver mi reacción, el ‘Yamiro’ debió comprender que no le seguía. ¡Chacho! ¿Cómo coño íbamos a colar en el estadio las cenizas de mi viejo en un crucifijo? Él, sin embargo, no perdió la calma. -“¡Es el concepto! Hay que meter a tu padre en el algo que puedas llevar puesto encima”, me espetó-. Después de sonreír y meterle un bocado a un donut que había pedido a última hora -de esos con rayas de tigre, con un tenedor clavado en un lomo y envuelto por una servilleta-, me aclaró el tema. Para ejecutar el plan, necesitaría una de mis chaquetas y los restos de mi padre. -“¡Y de inmediato”, me conminó-. El siguiente paso era darle todo el material a otro primo suyo, el ‘Lagarto’, un buen tipo que, además de jugar muy bien a la pelota y trapichear con todo tipo de mercancías que sacaba del Puerto, todos los años se sacaba un dinero cosiendo disfraces de Carnaval para murgas y comparsas. -“Ya lo he hablado con él y no tiene problema, no le da yuyu tu padre: te hace un doble forro en el interior de la chaqueta y él mete ahí a tu viejo. Aunque haga un calor de cojones el día del partido, nadie te podrá decir nada en la puerta y podrás entrar sin problema”, me resumió-.

Dudé unos segundos, pero la idea, de repente, me pareció brillante. Sin vacilar, subí a mi casa y cogí una chaqueta Adidas de la selección japonesa que me había comprado en Kioto, hacía unos cuantos años ya, un colega del curro que estuvo de viaje por allí. Con la mitad del paquete preparado, el ‘Yamiro’ y yo nos fuimos a casa de mis padres. Por la hora que era, yo sabía que mi madre no estaba porque tenía clases de Aquagym en el Martín Freire. La única duda era la posibilidad de que estuviera por allí mi hermana pequeña. Cuando llegamos al Polígono, vimos que la costa estaba despejada. En menos de cinco minutos sacamos las cenizas de mi viejo y las metimos en una lata para galletas que al final compramos en el Chino que había junto al Murias. El ‘Yamiro’ lo metió todo debajo del asiento de su Yamaha y se fue para La Isleta para darle el material a su primo. A la hora me mandó un guasap. “El pájaro está en el nido. Mañana por la noche lo tienes listo. Cambio y corto”, ponía el mensaje del muy cabrón-.

Te lo juro. Durante horas las pasé putas, barruntando la posibilidad de que el ‘Lagarto’ fuera un ruina sin corazón que pudiera perder las cenizas de mi padre. Y, en ese caso, además de profanar su memoria, me habría buscado el odio de mi familia y no habría logrado mi buen propósito: que el recuerdo del viejo viviera un último momento feliz junto a su querida Unión Deportiva. Todo ese miedo se disipó la tarde del sábado, tío. Yo, de los nervios, no había ni comido. Mi ex se pensaba que era tonto porque creía que estaba angustiado sólo por el fútbol. Hasta me soltó que era un chiquillaje y que era hora de que madurara. No tenía ni puta idea. De nada. Ni del plan ni de la vida. A eso de las siete, sonó el timbre de casa, abrí y era el ‘Yamiro’, sonriente, con una bolsa del Spar en la que se dejaba ver mi chaqueta. “Toma, loco, ahí lo tienes”, me soltó antes de darme un abrazo-. -“Pero ojo”, me advirtió, “mi primo me ha dicho que pocas emociones con el tema, que pesa mucho y puede saltar todo por los aires a la mínima”.

El chat de la futbolería, donde estábamos todos los amigos reunidos en torno a la Unión Deportiva, echaba humo la noche anterior al partido de vuelta contra el Zaragoza. No sé si tú te acuerdas de como fue aquello. Nervios, euforia, miedo, pasión, risas, irracionalidad… Todo cabía en ese saco. Pese a la agitación general, yo dormí a pierna suelta porque tenía a mi padre dentro de la chaqueta. Con esa extraña paz, al día siguiente tomé la decisión de repetir todos los pasos que hubiera dado si mi viejo estuviera vivo. Fui a comer a casa de mi madre, aguanté durante el almuerzo las gilipolleces filosóficas de mi cuñado -el toti que está con mi hermana mayor- con su teoría de que el fútbol aborrega a la sociedad, y dejé el coche en el aparcamiento que hay para los vecinos en la calle Alicante. Desde allí cogí la 12 hasta el Teatro, donde hice transbordo a la 91. Por primera vez en mucho tiempo, me puse unos cascos y opté por escuchar la previa del encuentro por la radio. ¡A él le encantaba la radio! Aún lo recuerdo, cuando Las Palmas jugaba fuera de casa, con un viejo transistor encendido y fumando en la cocina mientras nos hacía la cena. Luego, subiendo por Mata, también me acordé de lo que le gustaba, los días de partido grande, reírse de la gente que se quedaba fuera de la guagua en la parada de los bobos. Dentro, todo el mundo iba con algún complemento amarillo: una camiseta -las había de esa temporada, otras de años recientes y muchas de corte retro-, bufandas, bocinas, un tambor… Todo valía. El ambiente era festivo, pero no desmedido. Aún pesaba lo del año anterior.

Ya en Siete Palmas nos fuimos encontrando todos, alrededor de unos botellines, en La Tasquita Canaria. Cuando aparecí, lo primero que hizo Dani el ‘Guapo’ fue reírse de mí. -“¿Qué pasa? ¿Después del partido te vas para Valleseco con la rebequita?”, me señaló con el dedo entre el descojono general-. En cuestión de un cuarto de hora, estaba todo el grupo. Mis amigos y los amigos de mi padre. Y antes de arrancar para el estadio, el último brindis fue para él. Ninguno, salvo el ‘Yamiro’, se podía imaginar que, de aquella manera tan bizarra, él también estaba presente. Cuando alzamos el botellín, el ‘Yamiro’ me buscó, me dio un abrazo y antes de que alguno de los dos se emocionara y levantara alguna sospecha, nos invitó a salir a la calle para recibir a la guagua del equipo y nos advirtió a todos. -“Hoy”, recalcó, “no quiero a nadie en la grada dando por culo y puteando a alguno de los nuestros. ¡Hoy se anima al equipo hasta el último aliento, coño!”.

Lo de recibir al equipo en la guagua, como pidió Paco Herrera a la afición en la víspera del partido, fue algo utópico. ¡Tenías que ver cómo estaba Siete Palmas ese día! ¡Todo el mundo tenía algo que cantar, tío! ¡Desde los niños más pequeños hasta los abuelos con más de mil batallas encima! Vimos llegar la guagua a lo lejos. ¡Y para qué fue aquello! ¡Tembló todo! ¡Nadie se guardó nada dentro! ¡Ni los que estaban en la calle ni los que se asomaron a los balcones! ¡Chacho, aquello fue tremendo! Sólo el que lo vivió lo sabe. ¡Fue como el rugido de un dragón encochinao! ¡Ruido y calor! Seguro que se sintió en algún aparato de esos que miden la escala Richter. En medio de ese jaleo, yo agarraba cada vez más fuerte mi chaqueta y las manos cade vez me sudaban más. Buscamos algún bar en busca de los últimos botellines, pero aquello era misión imposible -tanto como frenar al ‘Cabeza’ de marcha-. Pero, como siempre en situaciones así, los Suzuki hicieron magia: tras un rato dando vueltas el ‘dosymedio’ apareció con una bolsa de plástico llena de latas frescas de la cerveza del caballo y todos nos lanzamos a él como los náufragos que dan con una isla desierta.

Cuando quedaba algo más de media hora, el ‘Yamiro’ nos mandó a todos rumbo al estadio. Como buenas ovejas, seguimos a nuestro pastor desfilando en busca de la Naciente. Al ver el control de acceso, con varios seguratas, me puse nervioso, amigo. El ‘Yamiro’, con un gesto, me dio calma. Pero el que rompió la baraja fue Carlitos. Se acercó con sigilo y sin anestesia me hizo la gran pregunta: -“¿Trajiste a tu padre, no?”-. Yo, sin saber muy bien si me iba a insultar o gritarle a todo el mundo lo que había hecho, medio asentí con la cabeza. No hizo falta más. Carlitos me abrazó, se quitó la bufanda que llevaba al cuello y se puso a cantar como un perturbado eso de “nos quisieron ver en quiebra, nos quisieron exiliar, Universidad de mierda, con mi historia no podrás”. Al ver su reacción, yo me quité dos quintales de peso de encima y el resto de la gente que hacía cola para entrar al estadio le siguió con la verbena. Pasamos el control sin problema. El segurata, un tipo que debía pesar unos 55 kilos, el uniforme le quedaba grande y al que una corriente de aire lo mandaba a Las Canteras, ni se percató de que era la única persona que llevaba una chaqueta en la mano.

No recuerdo mucho del partido. ¡En serio! Sólo tengo flashes con algunos detalles. A la hora de recapitular, sé de la alegría que se llevó Marcos al ver que Asdrúbal -colega de toda la vida de su hermano pequeño por Guanarteme- era titular. Me acuerdo del mosqueo de Miguel Ángel, un amigo de mi viejo, al ver que Paco Herrera había sentado a Raúl Lizoain. -“Qué fácil es disparar a uno de la casa, qué fácil es”, gruñía para sus adentros-. A veces, sin venir mucho a cuento, me vienen a la cabeza imágenes de Ángel López apretando por la banda izquierda o de la perreta que le entró por guasap a Pablo por una tarjeta amarilla que vio Culio al principio. -“Ya verás que lo expulsan y este cabra loca nos deja con diez”, repetía una y otra vez en sus mensajes-. Tengo en la memoria a Julio abrazado a la bufanda talismán en los minutos finales haciendo fuerza -casi en postura fetal- para que el árbitro pitara el final, a una señora que siempre se sentaba a nuestra izquierda rezando toda la segunda parte, a Carlitos gritando que Casto se había vendido después de salir fuera del área con el balón en las manos y a los Suzuki abrazados, sin camiseta, cantando “porque te quiero de verdad, eres más que un sentimiento, Las Palmas se lleva dentro, y no se puede cambiar”. Pero del resto, poco más recuerdo: ni siquiera del 1-0, con aquel zapatazo de Roque.

Sé, por lo que me cuentan y por cosas que he visto luego por internet, que las pasamos putas: Willian José, al poco de empezar, se resbaló dentro del área cuando lo tenía todo a favor para hacernos un lío; Casto le sacó una falta bien tirada a Pedro; y Culio, en la línea de gol, despejó un remate de Dorca tras un córner. Todo eso ocurrió antes del 1-0. Entre ese momento y el 2-0, para mí, hay un páramo. La nada. No tengo más recuerdo que la sensación de agobio porque el segundo gol no llegaba y nos quedábamos otro año más en Segunda División.

Pero eso sí, y te lo digo con el corazón en la mano y te lo juro por los hijos que tendré. Todo lo que sucedió en la jugada del gol de Araujo y todo lo que pasó después lo recuerdo con tanta nitidez como si hubiera pasado ahora mismo, delante de nosotros. Eso no me lo quita nadie, chacho. Ni aunque me ataque el alemán, el alzheimer. Minuto 83. Te lo cuento. Ponlo con tu móvil en el YouTube. Y si me equivoco, que ya verás que no, me corriges. Falta a favor nuestra. Escorada a la banda izquierda y por delante del centro del campo. La cuelga Jonathan Viera. La pelota cae suave, como agua de lluvia. En el área se monta un buen pifostio. Entre todos los que saltan, la peina Ortuño. Lo único bueno que hizo ese en los meses que estuvo con nosotros. El balón, sin embargo, parece que se va fuera por línea de fondo. Cuando ya lo dábamos por perdido, aparece Aythami, revirándose como una panchona, para dar forma a la mítica chilena de Patalavaca. La pelota cruza por delante de la portería del Zaragoza. De lado a lado. De principio a fin. Justo entre cinco futbolistas del Zargoza -Mario, Diego Rico, Dorca, Bono y Vallejo-, para caer en el segundo palo, donde está Araujo con la caña de pescar. Gol. 2-0. Vacuna. El ascenso está ahí, casi lo podemos tocar con la mano. Explosión. Gritos. Abrazos. Botellas de agua volando. Banderas al viento. Lágrimas. Rezos. Exorcismo. Empujones. Desmayos. Jalones. Avalancha. Saltos. Infartados todos. Besos. Felicidad. Y buuum… Alguien se agarra a mi chaqueta, tira con fuerza y lo siguiente que recuerdo es una nube gris de cenizas envolviendo por completo a los Suzuki, que en su particular manera de celebrar el tanto se estaban dando de hostias. 

Mira, créeme, tío. ¿Qué necesidad tengo de mentirte a estas alturas? Yo sé que se la jugué a mi familia. Ok, ok. No voy a negar que le hice una putada a mi madre, porque ella se sentía bien teniendo las cenizas del viejo en casa, en el estudio, tranquila con aquella urna fea que nos dio la funeraria. Y entiendo, en parte, los reproches de mis hermanas, que dicen no tener donde ir a rezarle porque no quieren pisar el estadio. También te admito que fue feo lo que les pasó a los Suzuki, pero yo desde ese día les llamo hermanos -tienen dentro más de mi padre que yo- y ellos, aunque se enfadaron cuando se enteraron que aquella nube que se comieron era casi la mitad de los restos de un muerto, ahora se parten de risa con la anécdota. ¿Qué quieres que te diga? Seguro que todos esos que van de pulcros, de ser más amarillos que nadie y que rajan de mí querrían que, llegado el caso, alguno de sus hijos hiciera lo que yo hice por mi padre. Porque vamos a ser sinceros, eh. Si tú eres de la Unión Deportiva Las Palmas, dime un lugar mejor donde dejar tus cenizas. ¿Lo hay? Yo creo que no. Yo imagino a mi padre feliz, allá donde esté, descojonado, viendo el final de su historia: en el estadio, en la Naciente, donde juega su gran amor. 

Hay una foto, tomada después del partido, en la que se ve a Araujo señalar una pancarta que ponía “Estaba de Dios”. Si te fijas bien, en esa zona de la grada, en el ambiente, parece que hay humo. Pues no. Aún era mi viejo levitando por ahí. Y qué quieres que te diga… ¡Así tenía que ser! ¡Lo envidio, te lo juro! ¡Porque si uno pudiera elegir el sitio donde reposar, yo elijo ese, yo elijo ese!

por Martín Alonso
@Martin_AFdez

Artículo anteriorSin fichas libres: así queda la plantilla de la UD
Artículo posteriorLos cinco jugadores con ‘salud de hierro’