OPINIÓN | Un asunto demasiado serio, por Martín Alonso

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LA MIRADA DE ANDERSSON

Cuenta el escritor mexicano Juan Villoro que en 1974, cuando fue al Monumental a ver un River-Boca, un señor oyó su acento y le preguntó si era cierto que en México el hincha de un equipo como River podía sentarse al lado de un aficionado equivalente a un ‘bostero’. Villoro, ante esa curiosidad, contestó que sí. “¿Y no se matan?”, le preguntó con interés el otro. Ante esa nueva interpelación, el autor de novelas como ‘El libro salvaje’ le explicó que, al menos para eso, los mexicanos eras pacíficos. La respuesta del seguidor de River fue fulminante: “¡Pero qué degenerados!”.

La anécdota de Villoro en el Monumental me viene a la cabeza cada vez que se acerca un partido de fútbol en el que la rivalidad se desparrama. La retórica alrededor de los equipos se desmadra, las hipérboles mandan en el relato, el juego importa poco, los futbolistas pasan a un segundo plano, las declaraciones quedan secuestradas por la hipocresía y ancladas en los lugares comunes, se buscan titulares polémicos, los mismos personajes se repiten cada año con las mismas historias, las bajas pasiones se descontrolan y el foco se pone en desmontar al otro: para algunos toca odiar más al adversario que animar al equipo propio. Los derbis, los clásicos, los superclásicos -o como se quiera bautizar ahora a este tipo de duelos- se han convertido en algo tan ceremonioso que son un coñazo.

Basta con repasar, de memoria o tirando de YouTube, los últimos duelos que han firmado la UD Las Palmas y el CD Tenerife para recordar el sopor: no pasó absolutamente nada digno de guardar como un valioso recuerdo. En medio de ese erial en el que se han convertido los derbis canarios quedan detalles superfluos. Hagan la cuenta. En serio. En los últimos 20 años, en 24 desafíos directos entre los dos equipos, nos hemos comido 11 empates y mucha superficialidad: el disparate de Ortolá, la exageración por aquel gol de Márquez con banda sonora particular -“¡nos han robado, nos han robado!”-, descarrilamientos puntuales de alguno de los dos contendientes -para alegría del otro- y la sobreexcitación de cada temporada de Suso. Y con eso no da ni para el ilustre ejercicio del onanismo.

Es cierto que todos, en algún momento, hemos participado de este circo. En algún momento hemos convertido estos partidos en asuntos capitales y a algunos de sus protagonistas los elevamos a la categoría de internacionales cuando ni siquiera llegaban a cabo furriel. Por darle tanta trascendencia a un partido de fútbol los hemos convertido en un asunto demasiado serio. Hay más tensión que juego, se le da más valor al futbolista de pierna fuerte que al que tiene talento. No sé ustedes, pero yo estoy saturado de semanas de derbis, de palabras vacías, de titulares huecos, de batallitas de abuelos cebolletas, de entrenadores cagones -por esa leyenda que asegura que estos partidos marcan tendencia- y de jugadores encogidos por la presión.

¿No se quejan los futbolistas de que el juego ya no les pertenece? En este derbi tienen la oportunidad de reclamar lo que es suyo. Aprovechen este sábado: tiren caños, dibujen algún regate, denle alegría al fútbol, rompan líneas del rival con verticalidad y rapidez, combinen a base de pases precisos y con pocos toques, inventen, busquen el gol sin racanería, diviértanse, hágannos felices. ¡Ah! Y lo más importante: que gane la UD Las Palmas. No me sean degenerados.

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