El fútbol se rompe

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El romanticismo en el fútbol ha muerto. Cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Ya no se lucha por el amor a unos colores o el sentimiento de apego a una tierra. Los más nostálgicos muestran su desencanto ante amaños de partidos, deudas desorbitadas o un sistema devorador que teledirige el fútbol con un traje hecho a medida para los grandes.

Llegar a lo más alto tiene su precio y los dirigentes no escatiman gastos y esfuerzos por colocar a su equipo en la cúspide del pedestal. El éxito se paga con dinero. Con el que se tiene y con el que no. El fracaso se paga con descenso, con deudas inasumibles, jugadores que se encierran en vestuarios y clubes que desaparecen de un plumazo. Es la otra cara del fútbol moderno.

Pero no necesitamos cruzar la frontera para ver de cerca la realidad más dura del fútbol negocio. Canarias contempla como se desmoronan proyectos que crecieron con pies de barro al amparo de una ambición insostenible. Tres Uniones Deportivas, Vecindario, Lanzarote y Fuerteventura, son destacados ejemplos de una debacle que ha dilapidado los sueños de cristal de sus respectivas aficiones.

El fin de los grandes ingresos televisivos fue el punto de inflexión de la caída libre del sostenimiento de los clubes. Aumentaban las fichas y los traspasos mientras que los ingresos se reducían de manera vertiginosa. Se firmaba lo que no se podía pagar y quedaba en herencia para los futuros dirigentes una deuda insostenible con el beneplácito de todos los estamentos del fútbol.

La Ley Concursal

La UD Las Palmas también fue víctima de este cáncer que azota al fútbol. Las deudas sumieron al club en un pozo sin salida que abocaban a la entidad a la desaparición sin remisión. El club amarillo caminaba a pasos agigantados hacia la disolución de la entidad mientras esperaba un milagro.

Y el milagro llegó en forma de Ley. Una Ley Concursal a la que la UD Las Palmas se aferró como a un clavo ardiendo para hacer de conejillo de indias y entregarse a un golpe de fortuna. El club amarillo fue el precursor en trasladar esta novedosa Ley al mundo del fútbol cuando era una auténtica desconocida. Los gestores amarillos acertaron a estar en el sitio y en el momento adecuado. Su salida airosa de una deuda superior a los 72 millones de euros sirvió de estímulo para otros clubes que se embarcaron en la misma contienda. Y suma y sigue.

Pero la Ley Concursal no es la panacea para arreglar todos los desmanes del fútbol y con toda probabilidad no todos lograrán superarla con éxito. A buen seguro que en el futuro muchos clubes que se quedarán en el camino.

La crisis

La crisis monetaria que azota a las economías no está tardando en llegar al mundo del fútbol. Los ingresos publicitarios se reducen de manera alarmante y lo que empezó por afectar a los clubes más modestos empieza a trasladarse a los más importantes y poderosos.

Las empresas en su afán de reducir gastos recortan principalmente en todo aquello que no les aporta un valor añadido a su producto. Una decisión que resquebraja los cimientos de los clubes y pone en entredicho los compromisos adquiridos en época de mayor bonanza económica.

La solución pasa con toda probabilidad por un cambio en el modelo de gestión El mercado del fútbol tiene que adaptarse a los nuevos tiempos y ajustar sus presupuestos a la realidad económica en la que vive la sociedad. Seguir en la línea contraria nos llevará en poco tiempo a ser testigos de la desaparición de muchas entidades deportivas que serán incapaces de hacer frente a sus obligaciones económicas.

Por fortuna la UD Las Palmas salió del agujero en el momento adecuado. Haber tenido que afrontar la quita de acreedores en las circunstancias actuales en el que las empresas atraviesan grandes dificultades económicas, habría complicado en gran medida haber llegado a determinados acuerdos que con toda probabilidad posibilitaron la salvación de la entidad.

Por Javier Rodríguez

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